El Tenerife sufrió, en Cáceres, los daños colaterales de un césped recién plantado, el del renovado Príncipe Felipe de Cáceres, que resultó absolutamente determinante para que el fútbol brillase por su ausencia en la capital extremeña.
Los numerosos bultos del verde del estadio del Cacereño fueron un enemigo constante para ambos equipos, plagados de imprecisiones en un césped que no dejó de levantarse en todo el choque, con la lógica sobrecarga que este tipo de superficies, que no permitió que se pudiera practicar un fútbol fluído en ningún momento.






















