El Tenerife salió de vacío de Pamplona y con ello hizo bueno el pronóstico de su visita a un rival en alza, Osasuna, que tuvo más oficio y puntería, y que se llevó los tres puntos ante un equipo, el nuestro, que sigue gobernado por la resignación. El resultado del descanso, el 2-0 que luego fue definitivo, ya invitaba a dar por finiquitada la contienda. Bastaron un par de acciones para dejar sentado que el conjunto blanquiazul, muy mermado en esta ocasión, acudía en el papel de víctima y no tenía la menor intención de alterar ese guión.

Solamente un par de acciones de Filip Malbasic pudieron dar emoción al duelo, pero de nuevo nos encontramos con esa versión desconcertante del delantero serbio, que genera peligro pero no es capaz de concretar. Fue lo único reseñable de un Tenerife muy limitado esta temporada, que empieza a asumir que su objetivo no puede ser otro que obtener una permanencia sin sobresaltos. Temporada de transición, lo llaman en un ejercicio eufemístico que no engaña a nadie. Y eso será en el mejor de los casos, porque la clasificación ahora mismo sitúa al conjunto de Oltra al borde mismo de las plazas de descenso, esto es, coqueteando con el desastre. Solamente el mal resultado general de los equipos que ocupan la cola de la tabla evita que el Tenerife haya caído a una de las últimas plazas. Ya les digo que era una semana poco propicia, porque las ausencias constituían una excelente excusa para caer en El Sadar y no darle mayor importancia a la cosa. Esto es lo peor del encuentro del sábado, que nos sentamos delante del televisor casi sabiendo lo que iba a pasar e incluso intuyendo que sería Juan Villar, traspasado el pasado verano, uno de los verdugos de nuestro equipo. En efecto así fue, porque salir del Tenerife tiene un efecto tonificante para algunos jugadores. El contraste con la irrelevancia de Naranjo en el encuentro no puede resultar más elocuente. Y quien no lo quiera ver, que siga ciego su camino.

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