Decir, en el mundo del fútbol, que un descenso es 'dulce', seguramente sea una auténtica incongruencia. El palo económico y deportivo que implica la pérdida de categoría nunca puede definirse como un momento dulce en ningún caso, pero lo cierto es que hay diferentes maneras de asumirlo.

Y, en el entorno del Tenerife, difícilmente se puede encontrar un descenso, al menos en la historia reciente del club, que haya terminado con una comunión tan estrecha entre el equipo y su afición. Cualquiera que tenga un mínimo de memoria recuerda que, en el 99, 2002, 2010 y 2011, los últimos cuatro descensos del club, el divorcio entre la masa social, el club, y, especialmente, sus futbolistas, fue más que evidente.

Protestas, grandes pitadas en el estadio e incluso episodios vergonzantes de inaceptable violencia por parte de algunos cafres fueron los resultados de temporadas que resultaron en auténticos fracasos para la entidad.

Pero, este año, la historia ha sido muy diferente. Y mucho tiene que ver la casi heroica reacción de un equipo que estaba desahuciado en febrero y que, en apenas dos meses, logró enorgullecer a su gente a pesar de estar hundido en la tabla.

Victorias y remontadas de un equipo que lo intentó todo, y las controvertidas decisiones arbitrales que terminaron por hundir al grupo entrenado por Cervera enrabietaron a la mayor parte de una afición que, el día del descenso matemático, ante el Racing de Ferrol, metió 9000 personas en el estadio y que, además, terminó aplaudiendo a los suyos y prometiendo fidelidad la próxima campaña.

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