Julen Lopetegui debió ser consciente, en el momento de firmar como entrenador del Real Madrid, del inmenso marrón que tenía delante. Aun así se trataba de una oportunidad que ningún técnico puede dejar pasar por delante. El ruidoso fichaje del entonces seleccionador español, destituido pocos días antes de un Mundial que desde entonces se torció para España, fue el preludio de un calvario que tiene al técnico vasco al borde de la destitución. No deja de resultar asombroso que el conjunto merengue, ganador de las últimas tres ediciones de la Liga de Campeones, ocupe la séptima plaza de la competición doméstica tras la disputa de las nueve primeras jornadas. Lo es pese a todas las vicisitudes de los últimos meses, comenzando por la dimisión de Zinedine Zidane, que debió pensar que más allá de la gloria de tres Champions seguidas solamente se encuentra la caída. En realidad hay que entender lo que le ocurre al Real Madrid, que el pasado verano perdió primero a su entrenador y más tarde a su máxima figura, porque si lo de Zidane fue una sorpresa la baja de Cristiano Ronaldo ya tuvo los efectos de una bomba nuclear.
Para ningún club, ni siquiera para uno tan grande como el Madrid, resulta sencillo sustituir al mejor futbolista que haya vestido su camiseta. Con la carga de ambos traumas y el desgaste del Mundial para una plantilla compuesta casi en su totalidad por futbolistas internacionales, Lopetegui ha intentado hacer camino a través del buen gusto con el balón y las nuevas responsabilidades que deberían tomar Bale y Marco Asensio, virtuosos que vivieron a la sombra del caníbal portugués y ahora son llamados a tomar el liderazgo. A estas alturas Lopetegui está muerto y su futuro en el Real Madrid parece sellado. Pero no olviden que el fútbol es caprichoso. Una victoria hoy en Champions frente al modesto Viktoria Plzen puede ser un alivio muy propicio ante la gran cita, el próximo domingo en el Camp Nou. La ausencia por lesión de Messi puede suponer, paradójicamente, la salvación de Lopetegui.























