En Soria, el Tenerife volvió a encontrarse con un paisano incómodo. En las filas del conjunto local jugaba uno de esos futbolistas tinerfeños que nunca jugaron en el primer equipo blanquiazul, y que, tras pasar por el Laguna de Tercera División, fue la UD Las Palmas el equipo que lo reclutó.
Se trata de Carlos Gutiérrez, un central de envergadura que, tras iniciar su carrera en el Reale Juventud Laguna, pasó, fugazmente, por el juvenil de un Tenerife que no lo ató a tiempo. Tras descender con el CD Laguna a Preferente, fue la UD Las Palmas el club que se llevó al chicharrero.
Cuatro años después, y tras quedarse sin ficha con los mayores del cuadro amarillo, fue el Numancia el conjunto que apostó por un hombre que, a falta de oportunidades en su tierra, y como otros tantos tinerfeños en el exilio, tuvo que forjarse un lugar preferencial en una ciudad como Soria, y en un club, el numantino, en el que se ha convertido en pieza clave.
Como Carlos, un innumerable grupo de jugadores de la tierra, tuvieron que marcharse para buscar mejor suerte. Los últimos ejemplos, el de Erik Expósito, en la UD Las Palmas, o el de Maikel Mesa o Yeray González, vitales en el Nástic o Cultural Leonesa, además de muchos otros que ya dieron el salto a la máxima categoría.
Ayer, ante el Tenerife, Carlos Gutiérrez volvió a demostrar que no hay peor astilla que la de la propia madera.
























