La Liga de Campeones ha vuelto con su fanfarria habitual, convertida en la cita anual de las grandes estrellas del fútbol. No se puede negar que se trata del mayor espectáculo en el deporte mundial, pues ninguna otra competición es capaz de acaparar semejante expectación a escala planetaria y hacerlo durante tanto tiempo.

En ese aspecto podríamos decir que supera incluso a la NBA, que es otra Liga que merece atención global y sabe vender a la perfección el brillo de sus grandes estrellas y el fuego sagrado que acompaña a sus equipos más legendarios. Por eso cada año, cuando empieza a sonar el himno de la Champions, el mundo se paraliza cada dos semanas para contemplar el duelo, a veces directo, entre los transatlánticos más lujosos del balompié mundial. Por otro lado, la Liga de Campeones tiene la virtud de presentar cada año los mismos alicientes, pero siempre con esa pizca de novedad que permita hablar en septiembre de que, este año sí, estamos ante la mejor edición de todos los tiempos. Y la del presente ejercicio es en efecto sensacional, porque confirma e incluso refuerza una tendencia apreciable en los últimos años: contemplamos una batalla de las épocas que mide a los clubes históricos de siempre con unos recién llegados cuya virtud principal es una ambición infinita basada en las alforjas llenas de sus nuevos propietarios.

Así será de nuevo en esta temporada, porque en un lado de la mesa están los escudos gloriosos de Real Madrid, Barcelona, Juventus y Bayern de Múnich, desafiados por los petrodólares de PSG y Manchester City, con algunos invitados de excepción como Liverpool y Atlético de Madrid, siempre al acecho de su oportunidad. Al final, lo que tenemos delante es una sucesión de partidazos que nos harán vibrar durante meses, porque la Liga de Campeones es, por encima de todo, una competición adictiva, una droga legal. Por eso precisamente se trata de un gran invento.

 

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