Me confieso muy sorprendido por el despido de Joseba Etxeberria como entrenador del Tenerife. En primera instancia, por el momento elegido para anunciar la decisión, justo al comienzo de la semana, cuando ya todos, y entiendo que también el técnico vasco, nos hacíamos a la idea de coger fuerzas para el decisivo encuentro del próximo sábado en Córdoba.

Por otro lado, hay que asumir que un cese tras solo cinco partidos de Liga disputados es una cosa bastante rara de ver.

El Tenerife de Etxeberria no funcionaba, desde luego, pero cabe preguntarse si había llegado al final del camino y lo que vendría después ya solo iba a ser peor. Es algo que obviamente nos quedaremos sin saber, porque Etxeberria es historia en el Tenerife, la historia breve de un entrenador que llegó con dos atributos, prestigio en el fútbol y hambre en los banquillos, que parecían suficientes para ganarse un sitio.

Con su salida se pone fin a los últimos vestigios de un proyecto, el del tramo final de la pasada temporada, que arrancó con mucha fuerza pero muere sumido en la tristeza.

Francamente no sé si se trata de una decisión acertada. Creo que nadie lo sabe en realidad. Es evidente que si la campaña pasada hubo paciencia con Pep Martí, probablemente demasiada a la vista de las señales que transmitía el equipo, este año las cosas se han dado la vuelta y el despido de Etxeberria puede entrar en la categoría de cese fulminante, el primero en la presente temporada del fútbol profesional español.

Su adiós, por otra parte, no resuelve los problemas del equipo ni el bajo rendimiento de algunos futbolistas clave, cuestión que queda en manos del nuevo entrenador.

Ojalá la llegada de José Luis Oltra, un técnico conocido y querido por la afición del Tenerife, pueda suponer el revulsivo que necesitamos. Lo cierto es que la bala en la recámara, el relevo en el banquillo, la hemos gastado a la primera.

Publicidad